Historias del fogón, vol. III, “Frenesí, pt. 2”

Desde hace un par de años que corría con la peor de las suertes a la hora de entregar su corazón a alguien más. El desamor había pasado de ser un simple conocido a convertirse en alguien cercano a ella, quizás había sido por la relación disfuncional por la que pasaron sus padres cuando ella era apenas una niña de cinco años. Ésta fue una de las principales razones por las cuales decidió dejarlo todo en su natal Querétaro para probar suerte en la capital.

Era una chica de aspecto pálido y delgado, casi fantasmagórico si no fuera por ese par de ojos azules que la iluminaban y se encargaban de adormecer las reacciones de cualquiera que la mirara fijamente. Aunque de corta estatura, era dueña de un espíritu apasionado, mismo que la llevó a adentrarse en el viciado mundo de la música. Desde muy pequeña ya practicaba sinfonías de Vivaldi y algunas canciones de los Beatles a lado de su madre en un piano viejo que había pertenecido a su abuela y posteriormente sería suyo. Con el paso de los años fue mejorando su técnica e incluso fue integrante de un par de proyectos musicales que no rindieron frutos. Su presencia había sido, en gran parte, ignorada por sus compañeros durante su etapa de secundaria y preparatoria; pasaba más tiempo concentrada en los ruidos que la rodeaban y pensando en cómo es que los mismos podían crear melodías, que entablando las típicas conversaciones sobre chicos, maquillaje, borracheras prematuras, zapatos y esos temas que le parecían por demás huecos. Al terminar la preparatoria, y después de una larga plática con su madre explicando los mil y un motivos por los cuales le vendría bien un cambio de código postal, tomó sus cosas y se mudó a la Ciudad de México para estudiar música en Bellas Artes. Encontró un modesto departamento, el número 102 de un edificio bastante viejo en una calle del centro y se dedicó a hacer de él su santuario, su centro de inspiración infinita.

Sus mañanas estaban ocupadas por la escuela mientras que por las tardes fue más bien nómada en varios trabajos informales para poder mantenerse; desde mesera en un restaurante de comida italiana hasta barista en la cafetería gourmet más popular de la zona, por las noches tocaba la guitarra y ensayaba en aquel viejo piano. Los fines de semana los dedicaba a componer música con un compañero suyo; habían formado un dueto de folk en el que ella tocaba la guitarra y el piano, se encargaba de la composición de la mayor parte de las canciones al mismo tiempo que le daba voz a los coros de las mismas. De esa manera transcurrieron alrededor de 4 años, 4 años en los que aparte de todo se había hecho de cierta fama local por tocar en los bares de la zona y amenizar alguna que otra fiesta.

Su mundo habría de cambiar una mañana de sábado, que al salir de su edificio para ir rumbo un ensayo se topó con un chico que vivía en el edificio de enfrente. Por su apariencia se podía notar que era cocinero: cabello negro, bigote, tatuajes, filipina y ese simpático pantalón a cuadros que más bien parecía de pijama. Se miraron a los ojos por escasos 5 segundos pero con eso bastó para dejarla prendada y con la curiosidad por los cielos. Debido a su mala fortuna en asuntos del corazón y al poco tiempo que tenía libre, nunca tuvo oportunidad ni el coraje de acercarse a él o provocar un encuentro accidental para cruzar un par de palabras. Pasaron semanas y ella seguía esperando el momento en el que el cocinero se armara de valor y se acercara para poder terminar con ese sentimiento de duda que le sacudía los huesos, la llenaba de ansiedad que transformaba en inspiración en su más pura esencia. La convertía en música. Diario le observaba al salir y al entrar al edificio, se aprendió de memoria cada escena y cada movimiento del cocinero. Sabía perfectamente que encendería un cigarrillo al salir y apagaría otro al entrar. Se preguntaba qué pasaría por su mente, en qué mantendría todos esos pensamientos ocupados y si de casualidad había espacio para ella en la telaraña mental de esa persona de la cual no sabía absolutamente nada.

Una mañana de noviembre recibió una llamada de su agente informando que había una promotora musical independiente en Guadalajara que acababa de abrir sus puertas y estaba interesada en hacer de aquel dueto algo grande. Sin dudarlo un segundo aceptó la propuesta y así como llegó a la capital 5 años atrás, un par de días después se mudaba de nuevo. Ya no pensaba en el amor, pensaba en su carrera. Pensaba en el vecino de enfrente y en la incertidumbre infinita que la abordaría a partir de ese día con respecto a ese tipo. Sabía, sin tener un motivo exacto, que estaba condenada a la soledad pero al mismo tiempo asimilaba la idea con tranquilidad y templanza. Una aventura nueva estaba por comenzar y estaba convencida de que eventualmente sería feliz. Emprendió su camino sin dar vuelta atrás, sabiendo muchas cosas pero ignorando una, quizás la más importante; un par de días después de su partida el cocinero iría a buscarla y se encontraría con la sorpresa de que ella ya no estaba ahí. A partir de ese momento se tendrían en sus recuerdos para siempre, sin siquiera haberse conocido. Sin haber intercambiado nada más que un par de parpadeos que conservarían en sus respectivas memorias y guardarían a un lado de su corazón para toda la vida.

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Historias del fogón, vol. III, “Frenesí”

En punto de las seis y media de la mañana, como cada mañana desde hace 2 años, sonaba su reloj despertador. Una chicharra taladrante, capaz de revivir a cualquier criatura de cementerio se encargó de diezmar aquella somnolencia y convertirla en realidad.

Era un hombre de apariencia escuálida rebozada en tatuajes,  cabello negro azabache y un bigote que sería la envidia del mismo Emiliano Zapata. Salió de la ducha decidido a enfundarse en sus ropas de cocinero, aplicarse gramos de gel y peinar ese copetazo que bien podría haber salido de una película de James Dean y acto seguido, dirigirse a aquel santuario que capitaneaba con carácter y muchos huevos llamado cocina.

Es del dominio popular que para gobernar en los fogones se necesita mucho más que simples conocimientos transmitidos por catedráticos que se peinan las barbas y se acomodan las cofias jactándose de su paso por los mejores restaurantes y escuelas del mundo. Se necesitan años de experiencia en los que las  quemaduras están a la orden del día y las pocas horas de sueño se convierten en tus aliados incondicionales, pero más allá de todo esto, lo esencial es percibir esa pasión que uno siente al desnudar a una mujer y tocar con las yemas de los dedos su cuerpo anatómicamente perfecto, es puro amor y entrega en donde los años mismos son los encargados de remunerar de una manera u otra los esfuerzos otorgados por amor al arte de la restauración.

Al regreso de su jornada laboral, exitosa y exhaustiva como cualquier otra, prendió el estéreo y colocó ese vinilo de Little Richard heredado por su difunto padre, destapó una cerveza y encendió un cigarrillo. Recargado en uno de los ventanales que rodeaban la sala de su departamento, ubicado en una de las principales calles del centro de la ciudad, no pudo evitar echar un vistazo a la ventana de la vecina del edificio de enfrente, un piso más abajo del suyo.

La chica, de tez blanca y pálida como la porcelana, dueña de un par de ojos claros y labios color carmín capaces de hipnotizar hasta al más escéptico en cuanto a asuntos del corazón se trata, era una estudiante de música que pasaba sus noches ensayando en una guitarra acústica que había comprado por unos cuantos pesos en un mercado local de segunda mano o en un piano viejo que había sido primero de su abuela y después de su madre. Poseía un espíritu apasionado y aventurero que la había llevado a abandonar su ciudad natal para mudarse a la capital y perseguir sus sueños de fama y estadios llenos. Por las tardes, después de sus clases de solfeo e historia musical, se atareaba como mesera en una cafetería de prestigio a dos cuadras de su casa para poder pagar las cuentas.

La rutina es un animal que nos come vivos, pero al mismo tiempo es una herramienta que funge como catalizadora de la realidad, en este caso fue la rutina la que llevó al cocinero a realizar la misma actividad de sentarse y contemplar a la chica de sus sueños ejecutar impecables melodías en sus instrumentos, hasta que llegó el día en el que se sintió completamente prendado de los encantos de la susodicha y fue ese el instante en el que habría decidido armarse de valor e invitarla a salir. Tímido y reservado desde niño, ensayó durante horas las líneas que diría al tener a la vecina cara a cara y tardó un par de semanas en colectar el coraje necesario para acercarse a timbrar el número del departamento, preguntar por ella y de una buena vez escuchar su voz que se le antojaba melodiosa, suave y entonada.

Una tarde de noviembre, con el otoño invadiendo las calles de hojarasca y árboles que parecen muertos, decidió que si no tomaba una decisión en ese momento la cobardía terminaría con él y con esas ganas de hacer suya a la inquilina del edificio de enfrente. Tomó un baño veloz y en cuestión de quince minutos estaba más acicalado que Mauricio Garcés en sus años mozos. Perfumado y presumiendo una apariencia impecable salió del departamento y encontró el elevador descompuesto por lo que tuvo que tomar las escaleras de emergencia para poder descender, al cruzar la calle tragó saliva y entró en razón de que podría ser uno de los momentos cruciales en su vida, vio su futuro junto a la aspirante a rockstar pasar frente a sus ojos, en un parpadeo imaginó una familia completa y los últimos años de su vejez a su lado. Esbozando felicidad e ilusión oprimió el número ciento dos y al no recibir respuesta alguna decidió esperar un par de minutos y repetir la acción. Nada sucedía hasta que de repente se abrió el portal y salió de él una señora de avanzada edad acompañada de su nieto. Confundido y temeroso, el cocinero preguntó si sabía algo de la chica del departamento ciento dos a lo que la anciana respondió que hacía un par de días que se había mudado, que no estaba segura de la razón pero creía haber escuchado por medio de uno de esos chismes de lavadero, algo de una oferta de trabajo en Guadalajara.

Cabizbajo, sintiéndose traicionado por el destino y las historias de amor que atiborraban la televisión local y convencido de que debido a su mala fortuna en esos negocios, no volvería a sentir la misma admiración y fascinación por otra chica, volvió a casa, destapó una cerveza, prendió un cigarro y comenzó a pensar en ingredientes para una nueva receta que le venía dando vueltas desde antes de esta bizarra interrupción.


Historias del fogón, vol. II, “Taco de chapulín”

Con el motor encendido y el equipaje a tope en la cajuela emprendieron su camino con destino a la Ciudad de México. El padre llevaba a su hijo adolescente a la gran capital para ver a sus abuelos. Pasando Tepotzotlán, el treintón bajó el volumen del estéreo y comenzó a contar una historia de un viaje a Oaxaca que realizó con sus amigos hace algunos años. El hombre abrió un poco la ventana del auto para prender un cigarrillo y al expulsar la primera bocanada de humo comenzó a relatar aquella visita de ensueño.
Contó los detalles de cada uno de los platillos que probó, gracias a que, a pesar de ir con un grupo de amigos cuyo interés principal era el exceso, la bebida, la parranda y el sexo casual, siempre encontró el momento adecuado para darse una escapada. En una de esas escabullidas caminó sin rumbo fijo para perderse. Al pasar junto al exconvento de Santo Domingo se adentró en un mercado. Un puesto capturó su atención de inmediato y pensó que no había visto semejante colorido ni en las obras del mismísimo Rufino Tamayo.

–          ¿Qué es todo esto? –preguntó al mercante.

–          Son cinco de los moles que tenemos aquí, joven. De izquierda a derecha está el negro, el coloradito, el amarillo, el verde y el almendrado.

Después de analizar uno por uno siguió su camino por el pasillo en el que la bulla no se hizo ausente como en cualquier otro mercado de la república. En aquellos andadores había de todo y entre tlayudas, tamales envueltos en hoja de plátano, tasajo y cecina, chocolate y tortillas hechas a mano se iba perdiendo poco a poco. Lo que más llamó su atención fueron los tacos de chapulín que servían en uno de los tenderetes más pequeños de ese bazar culinario.

–          ¿Cuántos va a querer, joven? –preguntó el taquero.

–          Pero, ¿cómo se come esto?

–          Muy fácil –respondió confiado -acá tengo las tortillas, le ponemos unas rebanadas de aguacate, un par de chapulines y no se preocupe, están fritos… no le pasará nada.

En ese momento escuchó un golpeteo en el tablero del auto y pensó que tal vez eran sus nervios o simples ganas de mear, por lo que continuó relatando su aventura. Después de diez minutos de hablar sin parar, esta vez sobre el mezcal, las diversas pruebas de alcoholemia que tuvo que superar para volver al hostal y una fuerte experiencia con peyote, su relato se vio interrumpido por un timbre y una profunda voz proveniente de un altavoz.

–          ¡Atención! El paciente no ha mostrado mejoría alguna, volveremos a intentar la próxima semana. 

Era la voz del médico del hospital psiquiátrico. Llevaba internado seis años, desde que se quedó en aquel viaje a Oaxaca por culpa del peyote y demás drogas, y del que ahora sólo el sabor que contaba a un hijo que nunca tuvo le podía recuperar.

Todos los días, a punto de las once y media de la mañana de manera nostálgica y un tanto escalofriante contaba la misma historia y simulaba el mismo trayecto en carretera.

Los doctores habían agotado hasta el último recurso para tratar de que el hombre volviera en sí y no les quedaba más que seguir dando oído a aquellas memorias, sin saber que un taco de chapulín también puede ser medicina.


Historias del fogón, vol. I

Habían dado ya las 10 de la noche cuando volteó a ver por el gran ventanal que daba hacia el salón comedor. Notó a una hambrienta aglomeración de personas compartiendo tragos y carcajadas, mientras se secaba el sudor de la frente siguió friendo los chiles teniendo cuidado de no ser salpicado por una de esas gotas de aceite hirviendo. Un caminar desconocido lo distrajo.

–          ¿Hola, qué haces? –preguntó sigilosamente.

Con la concentración acumulada y el estrés que resulta trabajar en una cocina ignoró conscientemente la pregunta de aquella femenina e insistente voz.

–          ¿Para qué es todo eso que estás friendo? –repitió la chica.

Sin pensar en nada más que en el gramaje preciso del siguiente ingrediente a freír, tomó las almendras y respondió:

–          Tengo un mole que preparar, ¿no ves a todas esas personas en el comedor? Su cena debe estar servida a la medianoche y el pollo aún no se termina de cocer.

–          ¿Te puedo ayudar en algo?

–          No, esto no es una tarea sencilla, no sé quién eres ni porque estás dentro de mi área de trabajo. No quiero ser grosero pero por favor sal de la cocina.

Tres cuartos de hora después y con la receta dándole vueltas por la cabeza pasó a licuar los ingredientes para preparar su salsa.  De la nada le vino a la mente esa curiosa voz y empezó a preguntarse quién podría ser la dueña de aquellas palabras.

Sintió una mirada fija sobre él y en sus actividades lo que le provocó voltear a ver de reojo qué era lo que estaba sucediendo. Alcanzó a percibir una curvilínea y detallada figura a la entrada de la cocina que lo distrajo por completo, confundiendo el calor de los fogones y hornos con lo que aquella chica pudiera hacerle sentir, la reconoció. Una cantidad inmensa de pensamientos impuros y de todo tipo atravesaron su mente e interrumpieron la cocción del adobo. Optando por tratar de olvidarla, batía en su olla de barro el mole y a la par añadía el chocolate que le daría el sabor característico.

Por más que intentaba concentrarse en servir la cena a tiempo, no dejaba de dar vueltas esa estilizada silueta que se había apoderado de sus reflejos y sucedió lo esperado, el hervor del mole alcanzó sus nudillos. Enojado por el ardor pero a la vez entusiasmado por averiguar el paradero de la susodicha, decidió interrumpir el proceso y acercarse a ella.

–          Bueno, tal vez si necesité un poco de ayuda. Solo que los dueños no pueden enterarse de esto o puedo perder mi empleo.

–          No te preocupes, yo no diré nada –sonreía pícaramente mientras se dirigía hacia él.

Entre risas y murmullos dieron paso a servir los platos. Él se dirigió a tomar otro batidor para que ella pudiera usarlo y en el camino sus manos se encontraron para enseguida separarse con cierto aire de timidez.

–          Esto es una locura –pensó.

La plática se tornaba interesante y de lo más divertida, se podía notar en los rostros de ambos, como si alguna fuerza ajena hubiera querido que estuvieran en ese preciso lugar y en ese preciso momento.

En esa cocina, la música se distinguía por el chocar de los sartenes y las ollas, el rugir de los hornos y el escándalo de los meseros, lo cual no les permitió escuchar a lo lejos los gritos desesperados de la madre llamando a su hija para que se uniera al acto sagrado de compartir los alimentos.

–          Me tengo que ir, mi madre me llama –dijo con cierta ansiedad y preocupación.

–          Espera, ¿cuál es tu nombre? ¿te volveré a ver? Me encantaría salir contigo algún día.

–          Si, seguro me verás por aquí una que otra vez, en verdad me tengo que ir ¡Hasta pronto!

Confundido, asomó su cabeza por la puerta principal de esa estruendosa cocina para seguirla con la mirada y encontrarse con la sorpresa de que aquella chica era la quinceañera y consentida hija menor de los dueños del restaurante para el cual él prestaba sus servicios como cocinero.

Una semana después apareció de nuevo, pero él puso como prioridad su empleo y sus nulas ganas de terminar en prisión culpado por adulterio.

No le volvió a dirigir una palabra y mucho menos una mirada.